Una foto lo eternizó, a su pesar con las manos en alto, vestido de combate, la cara tiznada, rendido ante las fuerzas argentinas que recuperaron las Malvinas el 2 de abril de 1982. Era uno de los militares británicos que protegían las islas. Alto, corpulento, con negros bigotes, se había refugiado junto a una patrulla en las serranías cercanas a Puerto Argentino. El y sus compañeros, junto al guardafaro de la isla, fueron apresados el sábado 3 de abril.
El 5 de abril, Stefan Charles York, de 27 años; James William Mc Kay, de 21; Gary Moor, de 19; Jeffrey William Warnes, de 36; Richard Overall, de 22; y Martin Thomas Smith y Stephan Dale fueron llevados a Comodoro Rivadavia y alojados en el Liceo Militar General Roca.
Al pie del Hércules C-130 los esperaba el entonces jefe de la compañía de Reserva del Liceo, capitán Luis Bruno. En el Liceo, los recibió su director y jefe de la Agrupación Comodoro Rivadavia, creada el 23 de marzo, teniente coronel Miguel Angel Arévalo, que moriría veinticinco días después en un helicóptero del Ejército que cayó al mar, cerca de Caleta Olivia.
Se decidió alojarlos en el Liceo Militar, en el interior de la Sala de Armas de una de las compañías de cadetes, el único sitio con rejas al que se podía apelar.
Los datos y la historia de los prisioneros de guerra británicos fueron revelados a Clarín por Edgardo Blaguerman, uno de los ex soldados del Liceo Militar y seis de sus camaradas de entonces. Blaguerman fue custodio de los prisioneros de guerra británicos e intérprete, junto a otro soldado, Claudio Tantignone.
—Lo primero que les preguntaron fue qué querían comer. "¡Carne!" gritaron. Y se les dio carne. Arévalo ya les había dicho que estaban como prisioneros de guerra y que iban a ser tratados según la Convención de Ginebra. Los tipos no decían nada. Tenían una actitud muy profesional.
Con el correr de los días, Blaguerman entró en confianza con el marine de la foto. Hoy cree que puede ser McKay o, por la edad, Warned.
—Me preguntaba cuántos años tenía. Y me decía que él tenía treinta y ocho años, que tenía dos hijos, que había peleado en Indonesia, que yo podía ser su hijo y que cuando ellos invadieran el continente me iban a tratar bien porque yo los trataba bien. Después pidieron hacer gimnasia y se lo permitieron. Fuera de la sala de armas, donde se habían puesto cuchetas, había guardias armados; pero nosotros, que estábamos en contacto con ellos dentro de la sala de armas, estábamos desarmados.
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